el mago del cuento

el mago del cuento
ilustración de "Biblioteca de Lastanosa" (Francisco Meléndez y Justo Núñez). Ediciones de la Torre. Madrid, 1995

miércoles, 1 de abril de 2015

Magia para el Día Internacional del Libro Infantil



SONATA DEL EXTRAÑO VIAJERO


El viajero montaba un caballo bayo. Tras él, cargaba su equipaje una yegua mora, y más allá, trotando a su gusto, iba un potro hermoso; blanco de los cascos a las crines, solo le faltaba un cuerno largo y retorcido para parecer un unicornio.

Era evidentemente un caballero que viajaba desde hacía largo tiempo, pero sus ropas no lucían una mota de polvo, una mancha de barro ni un zurcido.  Sin embargo,  si viajaba sin paje, ¿quién se ocupaba de mantener sus pertenencias en tan perfecto estado?, ¿quién desensillaba y daba de comer al caballo bayo, a la yegua mora y al potro blanco?

Nadie podría decirlo, y tampoco explicar dónde dormía, qué comía ni cómo se aseaba. El viajero no se refugiaba en las posadas del camino ni pedía abrigo en granjas o castillos.
Todo el mundo se hacía preguntas al verlo llegar, pero nadie hacía preguntas al verlo marchar. Es que, si la sorpresa era compañera obligada de su arribo, el olvido se instalaba invariablemente a su partida.

Si la presencia del viajero no dejaba huella en la mente de quienes le vieron pasar, tampoco las cosas que vio dejaron huella en el viajero.
Era como si en realidad el caballo bayo y su jinete, la yegua mora y el potro blanco no hubieran pasado por los bosques y sembradíos, por los palacios y monasterios, por las aldeas y ciudades que jalonaron su trayecto.

ilustración de Valerio
Pero el misterioso caballero no viajaba al azar. Él sabía muy bien lo que buscaba y dónde había de encontrarlo. Para ello recorrió tres mil leguas y cuatro países, indiferente como un sonámbulo. Hasta que avistó el objeto de su viaje y pareció despertar de un largo sueño.

Había llegado a un próspero burgo situado a orillas de un río, entre un bosque umbrío y un cerro cubierto de viejos pinos y coronado por un castillejo de murallas hurañas. El poblado debía su fortuna al río, pues solo allí un puente conseguía cruzar las aguas revoltosas, y estas aceptaban prestar su fuerza a un molino de granos y a una fábrica de paños que procesaban todo el trigo y la cebada, el lino y la lana cosechados en la comarca.
El río se llamaba Undoso Rumoroso y el poblado era conocido como Burgo Undoroso.

En el centro del burgo, frente a la misma plaza donde se alzaban la iglesia, el palacete del burgomaestre y las mansiones del molinero y del dueño de la fábrica de paños, se hallaban dos confortables posadas: “El León de Oro” y “El Dragón de Bronce”. Pero ni en una ni en otra buscó hospedaje el viajero. Y no porque careciera de dinero, 
puesto que al buhonero a quien preguntó el camino del castillejo, le arrojó una bella moneda de plata.

–Ese nido de arpías no le abre sus puertas a nadie –le advirtió el vendedor ambulante–. Y nadie debería ser tan insensato como para acercarse a la Dama Negra, la Dama Gris y la Dama Blanca.
Pero el viajero condujo su caballo bayo, su yegua mora y su potro blanco por el sendero que el buhonero, de todas formas, le había indicado. Y pronto se perdieron los cuatro entre los viejos pinos que cubrían el cerro.
ilustración de Julián Cicero

Un portón de roble y hierro era la única abertura visible en las hurañas murallas del castillejo. Y en su única torre, solo una ventana, herméticamente cerrada, miraba hacia afuera. El portón carecía de aldaba  y el viajero golpeó con el pomo de su espada. Sus tres golpes retumbaron cuatro veces sin que nadie se dignara responder.

Entonces el caballero sacó de sus alforjas un estuche negro y de éste, un violín rojo fuego.
El violín era hermoso, pero más hermosa fue la melodía que de él brotó.

En realidad, los gestos del músico carecían de la fluidez que hubiese requerido música semejante. Incluso, por momentos, se diría que las manos del instrumentista quedaban inmóviles mientras la melodía prolongaba su vuelo. Pero ¿quién se hubiera fijado en ello? Solo los viejos pinos y las piedras hurañas de la muralla parecían asistir al concierto.

El extraño músico atacó un segundo movimiento, todavía más inspirado. Las cerdas de su arco comenzaron a oscurecerse y no tardaron en despedir una delgada columna de humo.
La ventana de la torre se abrió de repente, y una mano joven virtió sobre el viajero una jarra de agua clara.
Un rostro de pasmosa belleza y cabellera blanca como leche de luna, se asomó y dijo en son de burla:
–¡Para resistir tanta pasión, tu arco necesita mejor cerda!
–He andado tres mil leguas buscándola –respondió el del violín color de fuego–. Pero más falta me hace el amor puro que me convertirá en artista perfecto.
¿Y piensas hallar semejante amor en esta comarca? –preguntó la muchacha, ahora sin risas.

La Dama Blanca y el extraño viajero se miraron. Y se miraron tanto tiempo como tardó en abrirse el portón de roble y hierro para dar paso a dos mujeronas de rostro pavoroso: una vestía enteramente de negro y la otra, enteramente de gris. La primera tenía ojos de lóbrega noche y la segunda, ojos de páramo neblinoso. Pero fue con una misma voz, afilada y fría como un témpano de hielo, que gritaron:
–¡Largo de aquí, intruso, pordiosero, saltimbanqui, bandolero!
–No soy nada de eso, ásperas señoras –replicó el viajero–. Permítanme…
–Ni una palabra más –aulló la Dama Negra.
–Aléjate o soltaremos a los perros –rugió la Dama Gris.
–¿Por qué lo tratan así? –intercedió desde su torre la Dama Blanca–. Bien se ve que es un caballero.
–¡Tú calla y cierra esa ventana! –vociferó la Dama Negra–. ¿Olvidas que dentro de tres días has de esposar al Gran Nigromante?
–¡Ningún otro hombre tiene derecho a oír tu voz ni a ver tus cabellos! –gruñó la Dama Gris.
–¿Desposar al Gran Nigromante…? –balbuceó el viajero.

Por toda respuesta, la Dama Gris crispó un puño y la Dama Negra alzó el cuello de su túnica. La ventana se cerró sola, golpeando casi a la Dama Blanca, y la torre se elevó siete metros.

Como si estuvieran fundidas en una sola pieza, las siniestras mujeronas se volvieron hacia el portón de roble y hierro.
–¡Un momento…! –pidió el viajero.
–Te habíamos prevenido –refunfuñaron las mujeronas–. ”Ni una palabra más… o soltaremos a los perros”.
Y alzando las manos, cargadas de pulseras negras y cenicientas, clamaron:
–¡Belcebú, Leviatán, Averno !
El portón se cerró con estruendo, al tiempo que una jauría de vientos, rayos y granizo, se desataba sobre el indeseado visitante.

Por un momento, el extraño viajero se irguió como si se dispusiera a desafiar a los perros de ráfaga, hielo y centella que le echaban encima las siniestras mujeronas. Pero se retuvo, murmurando:
–¡Mejor que ignoren de lo que soy capaz: todavía no ha llegado el momento!
Y se perdió entre los viejos pinos, tras el caballo bayo, la yegua mora y el potro blanco que la mágica tormenta había puesto en fuga.

El viajero chasqueó los dedos y una fogata brotó de la nada.
Las llamas rojas se encargaron de alumbrar el centro del viejo pinar, mientras un haz de llamas verdes adquiría la apariencia de un paje, que se puso a preparar la cena, y un haz de llamas amarillas cobraba la apariencia de un palafrenero, que corrió a desensillar y alimentar al caballo bayo, a la yegua mora y al potro blanco. Los animales no mostraron nerviosismo; ni siquiera cuando la llamarada amarilla se armó de un guante de crin y comenzó a frotarles la piel.

Pasada la medianoche, el viajero sacó de su estuche el violín y el arco con la cerda chamuscada por el concierto ofrecido a la Dama Blanca. Los depositó juntos sobre su manto de terciopelo y, con gestos delicados pero resueltos, despojó el estuche de la piel que lo guarnecía, y ésta cobró al instante la forma de un gato negro con un ojo verde y el otro amarillo.

El gato se estiró, se frotó contra las piernas del hombre y comenzó a acicalarse tranquilamente con la lengua. Cuando hubo terminado, su misterioso dueño le indicó la torre del castillejo, que se recortaba en la oscuridad, por sobre las copas de los viejos pinos. El gato movió afirmativamente la cabeza y salió disparado.
Corría exactamente igual que un gato común y corriente, pero cada paso lo propulsaba a varios metros de distancia. En cuatro minutos llegó al pie del castillejo y, en tres espectaculares saltos, escaló la torre. Toscos listones de roble tapiaban la única ventana. El gato comenzó a morder y arañar la madera, dejando en su dura superficie una serie de signos en apariencia sin sentido.

A las tres de la mañana, el extraño viajero decidió partir y ordenó a las llamas amarillas ensillar el caballo bayo, la yegua mora y, cosa inhabitual, el potro blanco. Este último recibió una montura enteramente blanca, con acolchados de terciopelo albino e incrustaciones de nácar. 
Cuando el viajero pasó delante del castillejo, la Dama Negra y la Dama Gris abrieron el portón de roble y hierro para despedirle con burlas soeces.

–Te lo dijimos, intruso, pordiosero, saltimbanqui, bandolero. ¡Aquí no se te ha perdido nada!
El jinete, el caballo bayo y su yegua mora no les prestaron atención. Por su parte, las siniestras mujeronas no advirtieron que el potro blanco se escondía tras un rosal silvestre, cargado de menos espinas que de perfumadas rosas.

Dos horas después, la Dama Negra y la Dama Gris dormían el pesado sueño de los malvados, y la Dama Blanca franqueaba la ventana de su torre. Los listones de roble, obedeciendo las órdenes que el gato había escrito con sus uñas y dientes, se transformaron en una escalera que llegaba al sitio exacto, tras las hurañas murallas, en que esperaba el potro blanco.

El potro nunca había sido montado, pero aceptó a la Dama Blanca como si no hubiese esperado otra cosa en su vida. Galopó raudo y silencioso, cerro abajo y luego bosque adentro, hasta el claro donde aguardaba el extraño viajero.

La luna nueva alumbró a la pareja en el momento en que la Dama Blanca, con gesto hechicero, se despojó de su magnífica cabellera y la tendió entre los extremos del arco. El extraño viajero tomó el arco con la mano derecha, y con la izquierda se llevó el violín al hombro. Paseó por las cuerdas la nueva cerda, de humanos cabellos, y la música brotó tan seductora que los árboles cercanos tendieron sus ramas, queriendo atraparla.

El violinista miró a la Dama Blanca con ojos enamorados y, sin soltar arco ni violín, la abrazó. Al cabo de un momento, ella se apartó dulcemente y besó la mano derecha del hombre: un anillo de plata pura se enroscó al instante en su dedo anular. La muchacha invitó a su amante a tocar, y esta vez la música fue tan fascinante que los árboles más cercanos consiguieron sacar sus raíces del suelo y se acercaron a escuchar.

El músico se interrumpió, emocionado. De su ojo izquierdo brotó una lágrima que la Dama Blanca enjugó con el dorso de una mano. Transformada en esmeralda, la lágrima se agarró a su dedo anular con un cordón de oro, símbolo de alianza.

Los amantes se contemplaron mientras el violín, se diría que por decisión propia, dejaba escapar una melodía tan sublime que comenzaron a vibrar hasta las piedras del bosque, del camino y de las hurañas murallas, allá en el cerro.

Aquel temblor mineral acabó por interrumpir el pesado sueño de la Dama Negra y la Dama Gris.
Las siniestras mujeronas no necesitaron subir a la torre para comprender que la Dama Blanca había huido y estaba en brazos del viajero. Su furia doble multiplicó su doble poder, y éste se abatió con más fuerza sobre unos amantes que la ternura desarmaba.
Una nube doble, gris y negra, tapó a la luna nueva.

Ese fue el único aviso de la desgracia. Debió bastar, pero la Dama Blanca y el extraño viajero tenían, en ese momento, los ojos cerrados. Y cuando los abrieron, el rayo doble, helado y mortífero como un hacha de dos filos, caía ya sobre ellos. Con su filo negro, el rayo hirió las manos unidas, cortando impíamente los dedos que portaban el anillo de plata pura, y la alianza de oro y esmeralda. Mientras, con su filo gris, el rayo golpeó en el rostro al viajero, arrancándole un ojo.

Al ver caer a su amado, la Dama Blanca lanzó un alarido de espanto que las siniestras mujeronas convirtieron en burbuja de hielo. La muchacha quedó atrapada en la burbuja, sin deseos ni defensa, y así la trasladaron al castillejo, de murallas más hurañas que nunca.

ilustración de Valerio
La Dama Negra y la Dama Gris consagraron las tres noches y dos días que quedaban para la boda a disimular, mediante poderosos encantamientos, los cabellos y el dedo que había perdido la Dama Blanca.
  
El día de la boda, el Gran Nigromante solo tuvo ojos para la belleza de la Dama Blanca.
La peluca, hecha con las crines del potro blanco, se adhería a su cabeza perfecta con magia imperceptible, y los guantes, hechos con la parte más fina y más blanca de la piel del potro, se fundían con la piel de la muchacha con tal harmonía que resultaba casi imposible advertir la ausencia del anular en su mano derecha.

La Dama Negra y la Dama Gris se hincharon de satisfacción al comprobar que podían engañar al poderoso Nigromante. Olvidaban que solo la inmensa vanidad del mago mismo explicaba que ni siquiera notase la desdicha inmensa en la cual estaba encerrada la muchacha.

El cortejo nupcial se encaminó a la capilla del palacio nigromántico, y frente al altar de barro se arrodillaron la Dama Blanca y el Gran Nigromante. En lugar de un sacerdote, les exigió juramento de amor y fidelidad una réplica del propio Nigromante vestida con sayón parduzco y con una cruz al revés colgando del pecho.

Pero en el momento de intercambiar los anillos, en lugar del órgano que se aprestaba a ejecutar otra réplica del Nigromante, se escuchó el sonido deslumbrante de un violín.
Era el violín del viajero, que las siniestras mujeronas daban por muerto, que se tocaba a sí mismo. La melodía era sublime, dolorosa como un amor sincero asesinado en su nido, y tan potente que con solo siete compases arruinó los encantamientos de la Dama Negra y la Dama Gris. La vanidad abandonó los ojos del Gran Nigromante, quien vio entonces los falsos cabellos y la mano mutilada de su desdichada novia.

ilustracion de Julián Cicero
La cólera del mago supremo fue tan grande que su cuerpo creció hasta derrumbar la capilla nigromántica, y desde sus ruinas humeantes declaró con un vozarrón que estremeció valles y montañas:
–Desde hoy no habrá más bellas hechiceras: la Dama Blanca quedará como reliquia, así como la veis: sin cabellos y con nueve dedos. En adelante, cuanta mujer trajine con magia, dará a cambio su belleza, sus cabellos y un dedo.
Sus palabras cobraron efecto al instante: la Dama Blanca quedó transformada en figura central de un tapiz de lustrosa seda: de pie junto a un potro blanco como leche de luna, una joven de pasmosa belleza, sin cabellos y con expresión desolada, daba la espalda a un castillejo de murallas hurañas.
Al mismo tiempo, la Dama Negra y la Dama Gris quedaron calvas como calaveras, sus rostros se llenaron de pliegues y verrugas, sus manos derechas perdieron el dedo anular, y en sus bocas no quedó más que un fatídico colmillo negro.

Esa noche, en un rincón del bosque umbrío, el mal herido viajero fue socorrido por un haz de llamas verdes, mientras una llamarada amarilla traía de las riendas al caballo bayo y a la yegua mora. Cuando pudo valerse, el hombre guardó en su estuche el violín, húmedo de su sangre y el arco con cerda de cabellos humanos, y recogió lo que quedaba de la sortija de oro y esmeralda.
El metal se había fundido con el fuego negro del rayo doble y ahora parecía una hoja de álamo dorada por el otoño. En su centro, como un resto de primavera, fulguraba la esmeralda.
Poca magia podía usar en esos momentos el viajero, pero cuando acercó a su rostro lacerado la hoja de oro con la esmeralda en el centro, esta se posó en la cuenca vacía que le había dejado el fuego gris del rayo doble. Con aquel ojo de piedra y metal, nada podía ver, pero todo el dolor cesó. El amor de la Dama Blanca y las pocas horas de felicidad que habían compartido, fueron un bálsamo más poderoso que cualquier encantamiento.
En los meses siguientes, mientras se alejaba del país de las tres damas, el viajero recuperó poco a poco sus poderes. Pero nunca pudo unir a su mano el dedo con el anillo de plata, obsequio de su amada.
Tres años después, cuando de su anular no quedaba más que el hueso, lo convirtió en talón del arco de su violín. Solo entonces, volvió a tocarlo.

Este cuento es el capítulo 2 de mi libro Concierto n°7 para violín y brujas 


Estrenado por el Fondo de Cultura Económica (México, 2013), con ilustraciones de Julián Cicero 










y posteriormente publicado en Cuba (Ediciones Cauce. Pinar del Río, 2014), con ilustraciones de Valerio.







mi primera máquina (1975-1979)

mi primera máquina (1975-1979)
biblioteca martí, santa clara, cuba, 1993
Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

traducido a persa, hindi, coreano, tamul, catalán y tantos otros

traducido a persa, hindi, coreano, tamul, catalán y tantos otros
Olinda, la bella durmiente fue mi primer artículo publicado en el Correo de la UNESCO, me procuró traducciones a decenas de lenguas... en las que a veces ni siquiera supe separar mi nombre del título del artículo

Datos personales

Mi foto

Nací en Cruces, centro de Cuba y me gradué en Humanidades en la Universidad Central. Publiqué mi primer cuento, mi primer dibujo y mi primer artículo a los 19 años. Mi primer libro, El secreto del colmillo colgante salió de las prensas a fines de 1983. Seis años después dejé el país para residir en Brasil, Dinamarca, Francia, Argentina y de nuevo Francia. Soy escritor, crítico e ilustrador de libros infantiles. He publicado una veintena de libros en España, Francia, Brasil, Portugal, varios países de América Latina, etc.
NE A CUBA JE QUITTE MON PAYS EN 1989 POUR LE BRESIL PUIS LE DANMARKE, LA FRANCE, L'ARGENTINE ET DE RETOUR EN FRANCE. AUTEUR, ILLUSTRATEUR ET CRITIQUE DE LIVRES POUR LA JEUNESSE J'EN AI PUBLIE UNE VINGTAINE EN FRANCE, ESPAGNE, AMERIQUE LATINE ET AUTRES PAYS

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