EL MISTERIO DEL MOLINO se llamó el primer relato que escribí, con once o doce años.
La idea central me la proporcionó una novela cuyo título he olvidado y nunca he logrado localizar; una de las muchísimas escritas por Enid Blyton, autora británica a la yo que era entonces adicto. Era la historia de un ladrón que se introducía en una mansión rodeada por la nieve. Las huellas de entrada eran perfectamente visibles… pero ¡no había ninguna de salida!
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una de las novelas de Blyton que leí en los 60 |
Los niños detectives que investigaban el caso terminaban por comprender que el ladrón había abandonado la casa de espaldas, marchando sobre las mismas huellas dejadas al llegar.
La idea me gustó mucho y ardía en deseos de utilizarla. Pero ¿cómo, si en Cuba no hay nieve?
Eso era a mediados de los 60, cuando muchas familias cubanas basaban su almuerzo en harina de maíz. Mi hermano y yo éramos los encargados de llevar a moler el maíz cambiado a los campesinos del cercano Escambray por ropa, zapatos y otros productos urbanos. Se “forrajeaba” los sábados, los domingos se desgranaban las mazorcas y a comienzos de semana, mi hermano y yo íbamos con los granos al molino que existía en aquella época en la última cuadra de la calle Colón (casi esquina con Capitán Velazco) en Santa Clara.
El molino ocupaba una casa de tablas en avanzado estado de decrepitud. Aparte del ruido infernal que hacían las máquinas al apachurrar el maíz bien seco, la atmósfera era calurosa y densa de harina en suspensión. El suelo y las espesas telarañas que pendían del techo estaban cubiertas de polvo blancuzco. Fue lo que me inspiró una historia de robo en un sitio idéntico al que nos veíamos obligados a ir, tan a menudo, mi hermano y yo.
Empecé por hacer un dibujo: todo negro de vieja madera y blanco de polvo y telarañas, con las oscuras moles de los molinos y huellas de unos grandes pies en la espesa capa de harina que, visiblemente, no barrían muy a menudo.
Es todo lo que recuerdo de la historia. Ciertamente, había un niño inteligente que inocentaba a los empleados del molino; sospechosos evidentes puesto que solo se veían las huellas “de ida” del ladrón.
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uno de los héroes de mi primera novelita (1967) |
Aproximadamente un año después escribí mi primera novela. Esta no era policíaca sino inspirada en las batallas de dos pandillas de niños que cuenta la película francesa La guerra de los botones que vi en el cine Villa Clara. Salí del cine, dibujé el escenario principal de la película (lo que explica mi título: “Acción en el arenal”) y comencé una historia en la que se reconocía a algunos de mis compañeros de la secundaria Marcelo Salado (la “escuela Anexa” a la Universidad Central) donde estudiaba entonces. En la pandilla de “los buenos” retraté a mis amigos y en la pandilla de “los malos” (los Muelechichones) alineé a los que me caían mal (nunca les dejé ver el manuscrito, por supuesto).
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tapa del manuscrito de mi primera novela |
Pero esa es otra historia… que contaré un día de estos.