LA NIÑA DEL MAR
A Josefa Hernández Azaret
![]() |
ilustración del autor. Inédita. |
Había una vez una niña y había una vez una
caracola. La niña vivía en la caracola y la caracola estaba en el mar.
En el mar entre los peces, los corales y
el plancton. En un campo llano y blanco de arena fina, donde ondulaban las
esponjas, las anémonas y los hipocampos; esos caballitos de piedra mojada, sin
cascos ni relincho.
La niña de la caracola vivía en el mar y lo quería
mucho; tanto como el mar la quería a ella.
Por eso cada amanecer iban todos a darle
los buenos días: los bichitos del plancton, que se filtraban gozosos por la
rejilla de los abanicos de mar, los grandes peces impresionantes y hasta esos
vegetales movedizos llamados algas.
"Glub, glub, glub", saludaban
los peces.
"Grej, grej", los cangrejos.
"Hip", los hipocampos.
Y los mil bichitos del plancton, que
juntos no alcanzaban a formar una boca con la cual decir: “¡Hola! ¿Qué tal?”,
pasaban simplemente, con suavidad de sonrisa.
Para todos tenía la niña una frase amable,
una burbuja cristalina o una caricia leve como las olas en los fondos.
![]() |
ilustración de Carolina Farías Sopa de sol. Tinta Fresca, 2011 |
Sólo un habitante tiene el mar que no ha
sido saludado nunca por su niña: el sábalo amargo y hostil, que como piensa mal
del mundo entero, odia con los pinchos de sus doscientas espinas a la gente
buena.
El sábalo ansiaba destruir a la niña del
mar, pero como temía a sus muchos amigos, decidió mandar al pulpo avaricioso,
que disimulaba con el atolondramiento de sus ocho brazos la hipocresía de una
boca negra.
Y una tarde lo fue a ver.
-Buenas, pulpo.
-¡Hola, paisano! ¿Qué le trae por aquí?
-Nada... Pasaba y me dije: ¿Ya sabrá mi
amigo el pulpo lo del tesoro de la niña del mar?
"¡¿Un tesoro?!", pensó el pulpo
y dijo con fingida indiferencia:
-No, vecino, nada sé.
-Es una perla.
"¡Una perla!", pensó el pulpo y
volvió a responder, aparentando desinterés:
-Chismes, mi amigo; la de la niña no es
caracola perlera.
A la mañana siguiente, sin embargo, el
pulpo hizo lo que esperaba el sábalo astuto y amargo: fue al campo de arena
fina y se puso a chacharear.
Al principio, la niña sólo se asomó un
poquito. Sus amigos, que ya se habían ido al trabajo, decían que el pulpo no
era de fiar. Pero lo vio tan simpático y amable que acabó pensando que los
otros conocían mal al ocho brazos.
Confiada, levantó la tapa de la caracola
que era su casa y el pulpo se lanzó, con todos sus tentáculos, a robar el
tesoro de la niña del mar.
En el campo de arena fina no había nadie
para verlo y nadie ha podido contarlo. Pero aunque se lo describieran con
detalles, aunque lo hubiera visto con sus chicos ojos, el sábalo no entendería.
Por eso sigue hostil y amargo, solitario con sus espinas, sin explicarse cómo
es que el pulpo ya no es avaricioso y fingidor, sin comprender porqué el ocho
brazos, que ya sabe que no hay perla ninguna, va a saludar cada mañana a la
niña, como el mejor de los acuáticos, antes de irse al trabajo.
El sábalo hostil y amargo no acaba de
entender que el pulpo sí encontró un tesoro en la caracola de la niña. Un
tesoro de bondad que los que tienen los ojos chicos y el alma cargada de
espinas no saben ver.
Tomado de: Sopa de sol y otros cuentos de la
imaginación. Tinta
fresca. Buenos
Aires, 2011
La primera versión de
este cuento data de 1984, cuando fue estrenado en el periódico provincial
Sierra Maestra (Santiago de Cuba) y reapareció unos meses después en la revista
nacional Mujeres (La Habana, Cuba). En 1987 lo incluí en el folleto Juegos
de la imaginación, publicado por la Dirección de Educación y Cultura
del Guayas (Ecuador).