el mago del cuento... soy yo

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autorretrato inédito en libro, inicialmente concebido para "Sopa de sol"

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viernes, 30 de octubre de 2026

Ideal para la noche de Halloween

 

HALLOWEEN, BRUJAS, MISTERIO, 

GATO NEGRO y VIOLÍN


Mi único libro enteramente consagrado a la magia y el misterio, con ingredientes como un violín endiablado, un clan de brujas y aventuras llenas de suspense a lo largo de cuatro siglos y tres continentes es CONCIERTO Nº7 PARA VIOLÍN Y BRUJAS (Fondo de Cultura Económica. 2013) que ya cuenta tres ediciones en la citada editorial mexicana, además de una traducción al portugués y una edición especial para Cuba.

He aquí el primero de los siete cuentos que componen el libro: 

Stravagantius, el violín EMBRUJADO


ilustración de Julián Cicero
edición de
Fondo de Cultura Económica. 2013
                                       

 Soturno D’Antagno era un príncipe ambicioso al que nada le bastaba. Como ya disponía de todo el poder humano posible, también se hizo mago. Era entonces un príncipe y mago poderoso y ambicioso, que podía tener todo lo que quería y quería tenerlo todo.

Un día, cuando paseaba a lomos de un soberbio alazán por la capital de su principado, escuchó un violín.

El violinista que tocaba una melodía muy alegre y todos los que la oían parecían felices. Tras reflexionar un momento, el príncipe le ordenó tocar una melodía triste, y quienes la escucharon se sintieron al instante afligidos.

Cuando el músico terminó, la gente aplaudió, arrojó monedas y se marchó.

–¿Quién ha construido ese violín? –preguntó el príncipe.

–El único que puede fabricarlos tan buenos –respondió el violinista–. Arcadio Stravidarius sabe hacer cantar a la madera como nadie. Los poetas inventaron para él la palabra “lutier”, que no se parece a ninguna otra, para que la ponga en la puerta de su taller y todos sepan que es minucioso como el mayor artesano, inspirado como el mejor artista y secreto como un mago.

–¿Como un mago? –murmuró el príncipe–. ¡Eso lo veremos!

Y esa misma noche, en un carruaje tirado por un caballo bayo, una yegua mora y un potro blanco, se trasladó a la ciudad de Cretona, donde vivía el lutier Stravidarius.

–Quiero un violín que haga reír con sus melodías alegres y llorar con sus melodías tristes –ordenó el príncipe–. Un violín que haga sentir a todos, al instante, lo que yo sienta al tocarlo.

–Debéis de ser un gran músico, además de un gran señor –opinó Arcadio Stravidarius.

–Jamás he estudiado música ni he tañido instrumento alguno.

–Entonces será imposible, monseñor. Yo soy el mejor artesano, muchos incluso opinan que soy un artista y por eso me llaman “lutier”. Pero no soy mago.

–Ni falta que hace –respondió el príncipe Soturno–. Tú construye el mejor violín que seas capaz, del resto me ocupo yo.

Arcadio Stravidarius explicó al príncipe que primero debía empezar el violín que le había pedido el Rey.

–Lo harás después –replicó el príncipe.

–Es que antes del violín del Rey debo terminar el que me encargó el Emperador.

–Lo harás después –repitió el príncipe.

– ¿Y el violín que me encomendó el Papa…?

– ¡Después!

Y así fue. Arcadio Stravidarius dejó el violín que había comenzado para el Rey, dejó el violín que estaba terminando para el Emperador, y cogiendo la madera más blanca, del abeto más noble, que le había proporcionado el Papa para que le fabricase un violín divino, comenzó a trabajar en el instrumento de Soturno D’Antagno.

Es que el lutier se había dado cuenta de que el poderoso príncipe era un mago más poderoso aún, y que si osaba ponerse por delante del Rey, del Emperador y del Papa era porque también sabría, incluso sin ser músico, hacer que todos sintieran lo mismo que él al tocar su violín.

“¡Será mi obra maestra!”, se dijo Arcadio Stravidarius. Y aunque todavía no había dado el primer corte en la madera de la que saldría el inigualable instrumento, decidió llamarlo Stravagantius.

Antes de subir a su carroza, el príncipe anunció que volvería en tres semanas.

–Es muy poco tiempo –advirtió el lutier.

–Dentro de tres semanas –repitió el príncipe, y se marchó en el carruaje tirado por un caballo bayo, una yegua mora y un potro blanco.

Al cabo de las tres semanas, el cuerpo del violín estaba listo. La noche anterior a la visita del príncipe, Arcadio Stravidarius descubrió un gato negro en su taller. Intentó echarlo, pero el animal no se movió; le miró con sus ojos altivos, uno verde y otro amarillo, y al lutier se le quitaron las ganas de ahuyentarlo.

ilustración de Julian Cicero

A la mañana siguiente, el gato no estaba, pero la caja del violín estaba arañada. Las uñas felinas habían dibujado siete signos enigmáticos en la tapa posterior.

Cuando llegó el príncipe, Arcadio Stravidarius no sabía cómo explicarle lo sucedido. Tendiéndole el violín, musitó desesperado:

–Mi  trabajo ha sido estropeado por un gato negro…

–¿Con un ojo verde y otro amarillo? –anticipó el príncipe. Y tras acariciar el violín, todavía blanco y sin cuerdas, declaró–: ¡Es perfecto!

–¿A pesar de los arañazos?

“Gracias a los arañazos”, pensó el príncipe. Pero sólo dijo:

–Volveré en dos semanas.

–Es muy poco tiempo para hacer el arco –explicó Arcadio Stravidarius.

–Dentro de dos semanas –repitió el príncipe.

Al cabo de las dos semanas, el arco estaba listo. La noche previa a la visita del príncipe, apareció de nuevo el gato negro. Arcadio Stravidarius lo amenazó con un garrote, con un jarro de agua y con una tenaza ardiente, pero el animal no se inmutó. Le miró con sus ojos altivos, uno verde y otro amarillo, y al lutier, pese a sentir inquietud, se le quitaron las ganas de ahuyentarlo.

A la mañana siguiente, el gato no estaba y esta vez era el arco el que ostentaba su marca: los agudos colmillos del felino habían dejado cuatro muescas en la base, exactamente en el sitio donde debían cerrarse los dedos del artista.

Cuando el príncipe llegó, el lutier le tendió el arco, sin decir palabra.

–El gato negro con un ojo verde y otro amarillo… –comentó Soturno D’Antagno mientras acariciaba la huella de los colmillos. Y sonrió misteriosamente.

Stravidarius quiso preguntarle de dónde conocía a aquel gato y por qué aparecía en el taller la víspera de cada visita suya. Pero se le quitaron las ganas de preguntar cuando advirtió que si uno de los ojos del príncipe era intensamente verde, el otro... ¿era realmente amarillo, o se trataba de un efecto de luz?

 –Volveré en una semana –dijo el príncipe mientras subía a su carroza.

Arcadio Stravidarius ni siquiera intentó protestar. Adivinando que el príncipe le daría ese plazo, ya había preparado el barniz destinado a proteger la madera del violín y del arco, proporcionándoles un elegante brillo. El frasco de barniz reposaba en un rincón fresco y oscuro, donde alcanzaría, en aquellos siete días, la consistencia y el color apropiados.

La víspera, como de costumbre, el gato negro de ojos desiguales apareció en el taller. Esta vez el lutier no hizo ni un gesto para ahuyentarlo, y por un segundo en la mirada verde-amarilla del felino brilló una chispa de divertida sorpresa.

–Me pregunto qué jugarreta vas a hacerme esta vez –murmuró Arcadio Stravidarius al coger la brocha con la que se disponía a barnizar el precioso instrumento.

La respuesta fue tan rápida como inesperada: el gato saltó sobre él y le arañó la mano al tiempo que le mordía los dedos. El lutier dio un grito y saltó hacia atrás. Su mano, lacerada, dejó caer la brocha, mientras el frasco de barniz se tambaleaba peligrosamente en el borde de la mesa.

Antes de que Arcadio pudiera poner el frasco a salvo, el gato lo rodeó con la cola y, retorciéndose con asombrosa elasticidad, escupió tres veces en el barniz. En seguida, el animal dio un salto imposible y, atravesando la claraboya del techo, se perdió en la noche.

El frasco giró en el borde de la mesa durante un tiempo inconcebible. Cuando al fin se detuvo, ya Arcadio Stravidarius tenía la mano vendada.

Acostumbrado a las rarezas que rodeaban la construcción de aquel violín, el lutier dedujo que obligarle a barnizar con la mano izquierda debía formar parte del ritual imaginado por el príncipe. Pero le tomó desprevenido encontrar un sutil destello, por momentos verde, por momentos amarillo, en el rojo intenso del barniz.

No obstante, cuando la brocha terminó de recorrer el ondulado cuerpo del violín y la esbelta línea del arco, el caprichoso destello verde-amarillo se apagó sin dejar, en apariencia, huella alguna.

Al día siguiente, Soturno D’Antagno permaneció largos minutos inclinado sobre el violín y su arco, que reposaban en la calculada brisa que debía secarlos completamente.

–¿Todo en orden? –preguntó el príncipe.

–Se refiere al gato –respondió Arcadio Stravidarius, y mostró la mano vendada.

Los labios del príncipe se curvaron en una mínima sonrisa.

–La perfección exige sacrificios…

Y subió a su carroza, que esta vez tiraban sólo el caballo bayo y la yegua mora.

Arcadio Stravidarius notó que el príncipe parecía no tener la menor prisa.

–Volveré –le dijo simplemente–… en el momento oportuno.

–El estuche del violín sólo me llevará tres o cuatro días –lanzó precipitadamente el lutier–. ¿Debo revestirlo de terciopelo escarlata, como dicta la moda, o su alteza prefiere otra cosa?

–Todo en su momento –replicó Soturno D’Antagno, y dejó caer una bolsa de monedas de plata a los pies del lutier.

Cuando Arcadio Stravidarius enderezó la espalda, ya no quedaba huella del carruaje. Ni el crujido de los ejes ni el golpe de un casco llegó a sus oídos, y sobre el camino de tierra apisonada no se levantaba una sola nube de polvo.

 

ilustración de Valerio
para la edición cubana

Pasaron una, dos, tres semanas... y Soturno D'Antagno no volvía. El lutier había tenido tiempo de sobra para construir el estuche y ansiaba entregar el Stravagantius a su caprichoso propietario. Al cabo de laboriosas averiguaciones, todo lo que consiguió saber fue que el príncipe había emprendido un largo y misterioso viaje.

Sintiendo que no podría construir ningún otro instrumento hasta dar por terminado aquel extravagante encargo, Arcadio Stravidarius decidió emplear su mejor terciopelo, morado como el manto del príncipe, para tapizar el estuche por dentro. Pero al abrirlo descubrió, estupefacto, que ya estaba forrado de piel negra. Una piel de pelos suaves y cortos que parecía de liebre.

–Pero yo nunca he visto una liebre negra –se dijo Arcadio Stravidarius–. Negra como un gato negro.

Tras un estremecimiento, el lutier metió el violín en el estuche y lo encerró en su armario de siete llaves, decidido a olvidarse de él y a consagrarse de una vez a los violines que seguían esperando el Rey, el Emperador y el Papa.

Algunas noches, el taller era atravesado por una vaga e inquietante melodía, a veces alegre y a veces triste, que parecía salir de ningún sitio. Una madrugada de luna nueva, el lutier tuvo la certeza de que era Stravagantius el que sonaba solo, encerrado en su armario.

Con mano temblorosa, el lutier soltó uno a uno los siete cerrojos. Cuando al fin abrió la puerta de roble, en lugar del violín encontró una bolsa llena de monedas de oro sobre la cual dormía un gato recién nacido. 

             Arcadio Stravidarius no volvió a fabricar violines. Su salud declinó rápidamente, y dejó el taller en manos de su hijo Macario.

El gran lutier se retiró a una casita en el campo con la única compañía del gato, que era negro como el misterio y recibió el nombre de Mago, aunque nunca hizo nada fuera de lo común.

hice este dibujo cuanto todavía no había publicado
el libro... y que está inédita

Las tres ediciones de Concierto nº7 para violín y brujas



mi primera máquina (1975-1979)

mi primera máquina (1975-1979)
biblioteca martí, santa clara, cuba, 1993
Comencé a escribir a mano, claro. Primero con lápiz (usaba los de dibujo, de mina muy dura, para no tener que estar sacando punta continuamente; así comencé a gastarme la vista y a los 15 años ya usaba gafas -"espejuelos" decimos en Cuba- de aumento). Luego pasé a los por entonces escasos bolígrafos. Cuando a mediados de los años 1970 quise comenzar a compartir mis escritos con los colegas de taller de escritura o presentarlos a premios literarios, comencé por acudir a alguna colega o amiga mecanógrafa. Una bibliotecaria de Sala Juvenil de la Biblioteca Provincial de Santa Clara tecleó mi primera novela (que ilustré... a mano, claro) y mandé al Premio UNEAC 1977. Pero mis obras eran largas y ella tenía mucho trabajo. Así comencé a teclear yo mismo en la Underwood de la foto: una máquina prehistórica, pero muy bien cuidada y de tipos redondos.
Fue al año siguiente que un amigo mexicano que partía de vacaciones, me dejó su moderna máquina portátil. En ella aprendí a teclear según las reglas del arte y mecanografié mi segunda novela, por primera vez de la primera a la última letra.
De mis máquinas posteriores no guardé ni el recuerdo de una foto, y tampoco de la máquina electrónica que utilicé durante mi estancia en Brasil '1989-1991) ni de mi primer ordenador, un Compaq portable que me acompañó 8 años. Pero esta ya es otra historia, porque en él comencé a escribir directamente sobre un teclado; abandonando para siempre la versión manuscrita previa y el enojoso mecanografiado ulterior
Lo dicho; esa es otra historia.

traducido a persa, hindi, coreano, tamul, catalán y tantos otros

traducido a persa, hindi, coreano, tamul, catalán y tantos otros
Olinda, la bella durmiente fue mi primer artículo publicado en el Correo de la UNESCO, me procuró traducciones a decenas de lenguas... en las que a veces ni siquiera supe separar mi nombre del título del artículo

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Auteur et illustrateur pour la jeunesse, né à Cuba et naturalisé Français: Auteur de 38 livres

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