HALLOWEEN, BRUJAS, MISTERIO,
GATO NEGRO y VIOLÍN
Mi único libro enteramente consagrado a la magia y el misterio, con ingredientes como un violín endiablado, un clan de brujas y aventuras llenas de suspense a lo largo de cuatro siglos y tres continentes es CONCIERTO Nº7 PARA VIOLÍN Y BRUJAS (Fondo de Cultura Económica. 2013) que ya cuenta tres ediciones en la citada editorial mexicana, además de una traducción al portugués y una edición especial para Cuba.
He aquí el primero de los siete cuentos que componen el libro:
Stravagantius, el violín EMBRUJADO

ilustración de Julián Cicero
edición de
Fondo de Cultura Económica. 2013
Un día, cuando paseaba a lomos de un
soberbio alazán por la capital de su principado, escuchó un violín.
El violinista que tocaba una melodía
muy alegre y todos los que la oían parecían felices. Tras reflexionar un momento,
el príncipe le ordenó tocar una melodía triste, y quienes la escucharon se
sintieron al instante afligidos.
Cuando el músico terminó, la gente
aplaudió, arrojó monedas y se marchó.
–¿Quién ha construido ese violín?
–preguntó el príncipe.
–El único que puede fabricarlos tan
buenos –respondió el violinista–. Arcadio Stravidarius sabe hacer cantar a la
madera como nadie. Los poetas inventaron para él la palabra “lutier”, que no se
parece a ninguna otra, para que la ponga en la puerta de su taller y todos
sepan que es minucioso como el mayor artesano, inspirado como el mejor artista
y secreto como un mago.
–¿Como un mago? –murmuró el príncipe–.
¡Eso lo veremos!
Y esa misma noche, en un carruaje
tirado por un caballo bayo, una yegua mora y un potro blanco, se trasladó a la
ciudad de Cretona, donde vivía el lutier Stravidarius.
–Quiero un violín que haga reír con sus
melodías alegres y llorar con sus melodías tristes –ordenó el príncipe–. Un
violín que haga sentir a todos, al instante, lo que yo sienta al tocarlo.
–Debéis de ser un gran músico, además
de un gran señor –opinó Arcadio Stravidarius.
–Jamás he estudiado música ni he tañido
instrumento alguno.
–Entonces será imposible, monseñor. Yo
soy el mejor artesano, muchos incluso opinan que soy un artista y por eso me
llaman “lutier”. Pero no soy
mago.
–Ni falta que hace –respondió el
príncipe Soturno–. Tú construye el mejor violín que seas capaz, del resto me
ocupo yo.
Arcadio Stravidarius explicó al
príncipe que primero debía empezar el violín que le había pedido el Rey.
–Lo harás después –replicó el príncipe.
–Es que antes del violín del Rey debo
terminar el que me encargó el Emperador.
–Lo harás después –repitió el príncipe.
– ¿Y el violín que me encomendó el
Papa…?
– ¡Después!
Y así fue. Arcadio Stravidarius dejó el
violín que había comenzado para el Rey, dejó el violín que estaba terminando
para el Emperador, y cogiendo la madera más blanca, del abeto más noble, que le
había proporcionado el Papa para que le fabricase un violín divino, comenzó a
trabajar en el instrumento de Soturno D’Antagno.
Es que el lutier se había dado cuenta
de que el poderoso príncipe era un mago más poderoso aún, y que si osaba
ponerse por delante del Rey, del Emperador y del Papa era porque también
sabría, incluso sin ser músico, hacer que todos sintieran lo mismo que él al
tocar su violín.
“¡Será mi obra maestra!”, se dijo
Arcadio Stravidarius. Y aunque todavía no había dado el primer corte en la
madera de la que saldría el inigualable instrumento, decidió llamarlo
Stravagantius.
Antes de subir a su carroza, el
príncipe anunció que volvería en tres semanas.
–Es muy poco tiempo –advirtió el
lutier.
–Dentro de tres semanas –repitió el
príncipe, y se marchó en el carruaje tirado por un caballo bayo, una yegua mora
y un potro blanco.
Al cabo de las tres semanas, el cuerpo
del violín estaba listo. La noche anterior a la visita del príncipe, Arcadio
Stravidarius descubrió un gato negro en su taller. Intentó echarlo, pero el
animal no se movió; le miró con sus ojos altivos, uno verde y otro amarillo, y
al lutier se le quitaron las ganas de ahuyentarlo.
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| ilustración de Julian Cicero |
A la mañana siguiente, el gato no
estaba, pero la caja del violín estaba arañada. Las uñas felinas habían
dibujado siete signos enigmáticos en la tapa posterior.
Cuando llegó el príncipe, Arcadio
Stravidarius no sabía cómo explicarle lo sucedido. Tendiéndole el violín,
musitó desesperado:
–Mi
trabajo ha sido estropeado por un gato negro…
–¿Con un ojo verde y otro amarillo? –anticipó
el príncipe. Y tras acariciar el violín, todavía blanco y sin cuerdas, declaró–:
¡Es perfecto!
–¿A pesar de los arañazos?
“Gracias a los arañazos”, pensó el
príncipe. Pero sólo dijo:
–Volveré en dos semanas.
–Es muy poco tiempo para hacer el arco
–explicó Arcadio Stravidarius.
–Dentro de dos semanas –repitió el
príncipe.
Al cabo de las dos semanas, el arco
estaba listo. La noche previa a la visita del príncipe, apareció de nuevo el
gato negro. Arcadio Stravidarius lo amenazó con un garrote, con un jarro de
agua y con una tenaza ardiente, pero el animal no se inmutó. Le miró con sus
ojos altivos, uno verde y otro amarillo, y al lutier, pese a sentir inquietud,
se le quitaron las ganas de ahuyentarlo.
A la mañana siguiente, el gato no
estaba y esta vez era el arco el que ostentaba su marca: los agudos colmillos
del felino habían dejado cuatro muescas en la base, exactamente en el sitio
donde debían cerrarse los dedos del artista.
Cuando el príncipe llegó, el lutier le
tendió el arco, sin decir palabra.
–El gato negro con un ojo verde y otro
amarillo… –comentó Soturno D’Antagno mientras acariciaba la huella de los
colmillos. Y sonrió misteriosamente.
Stravidarius quiso preguntarle de dónde
conocía a aquel gato y por qué aparecía en el taller la víspera de cada visita
suya. Pero se le quitaron las ganas de preguntar cuando advirtió que si uno de los
ojos del príncipe era intensamente verde, el otro... ¿era realmente amarillo, o
se trataba de un efecto de luz?
–Volveré en una semana –dijo el príncipe
mientras subía a su carroza.
Arcadio Stravidarius ni siquiera
intentó protestar. Adivinando que el príncipe le daría ese plazo, ya había
preparado el barniz destinado a proteger la madera del violín y del arco,
proporcionándoles un elegante brillo. El frasco de barniz reposaba en un rincón
fresco y oscuro, donde alcanzaría, en aquellos siete días, la consistencia y el
color apropiados.
La víspera, como de costumbre, el gato
negro de ojos desiguales apareció en el taller. Esta vez el lutier no hizo ni
un gesto para ahuyentarlo, y por un segundo en la mirada verde-amarilla del
felino brilló una chispa de divertida sorpresa.
–Me pregunto qué jugarreta vas a
hacerme esta vez –murmuró Arcadio Stravidarius al coger la brocha con la que se
disponía a barnizar el precioso instrumento.
La respuesta fue tan rápida como
inesperada: el gato saltó sobre él y le arañó la mano al tiempo que le mordía
los dedos. El lutier dio un grito y saltó hacia atrás. Su mano, lacerada, dejó
caer la brocha, mientras el frasco de barniz se tambaleaba peligrosamente en el
borde de la mesa.
Antes de que Arcadio pudiera poner el
frasco a salvo, el gato lo rodeó con la cola y, retorciéndose con asombrosa
elasticidad, escupió tres veces en el barniz. En seguida, el animal dio un
salto imposible y, atravesando la claraboya del techo, se perdió en la noche.
El frasco giró en el borde de la mesa
durante un tiempo inconcebible. Cuando al fin se detuvo, ya Arcadio
Stravidarius tenía la mano vendada.
Acostumbrado a las rarezas que rodeaban
la construcción de aquel violín, el lutier dedujo que obligarle a barnizar con
la mano izquierda debía formar parte del ritual imaginado por el príncipe. Pero
le tomó desprevenido encontrar un sutil destello, por momentos verde, por
momentos amarillo, en el rojo intenso del barniz.
No obstante, cuando la brocha terminó
de recorrer el ondulado cuerpo del violín y la esbelta línea del arco, el
caprichoso destello verde-amarillo se apagó sin dejar, en apariencia, huella
alguna.
Al día siguiente, Soturno D’Antagno
permaneció largos minutos inclinado sobre el violín y su arco, que reposaban en
la calculada brisa que debía secarlos completamente.
–¿Todo en orden? –preguntó el príncipe.
–Se refiere al gato –respondió Arcadio
Stravidarius, y mostró la mano vendada.
Los labios del príncipe se curvaron en
una mínima sonrisa.
–La perfección exige sacrificios…
Y subió a su carroza, que esta vez
tiraban sólo el caballo bayo y la yegua mora.
Arcadio Stravidarius notó que el
príncipe parecía no tener la menor prisa.
–Volveré –le dijo simplemente–… en el
momento oportuno.
–El estuche del violín sólo me llevará
tres o cuatro días –lanzó precipitadamente el lutier–. ¿Debo revestirlo de
terciopelo escarlata, como dicta la moda, o su alteza prefiere otra cosa?
–Todo en su momento –replicó Soturno
D’Antagno, y dejó caer una bolsa de monedas de plata a los pies del lutier.
Cuando Arcadio Stravidarius enderezó la
espalda, ya no quedaba huella del carruaje. Ni el crujido de los ejes ni el
golpe de un casco llegó a sus oídos, y sobre el camino de tierra apisonada no
se levantaba una sola nube de polvo.

ilustración de Valerio
para la edición cubana
Pasaron una, dos, tres semanas... y
Soturno D'Antagno no volvía. El lutier había tenido tiempo de sobra para
construir el estuche y ansiaba entregar el Stravagantius a su caprichoso
propietario. Al cabo de laboriosas averiguaciones, todo lo que consiguió saber fue
que el príncipe había emprendido un largo y misterioso viaje.
Sintiendo que no podría construir
ningún otro instrumento hasta dar por terminado aquel extravagante encargo, Arcadio
Stravidarius decidió emplear su mejor terciopelo, morado como el manto del
príncipe, para tapizar el estuche por dentro. Pero al abrirlo descubrió,
estupefacto, que ya estaba forrado de piel negra. Una piel de pelos suaves y
cortos que parecía de liebre.
–Pero yo nunca he visto una liebre
negra –se dijo Arcadio Stravidarius–. Negra como un gato negro.
Tras un estremecimiento, el lutier metió el violín
en el estuche y lo encerró en su armario de siete llaves, decidido a olvidarse
de él y a consagrarse de una vez a los violines que seguían esperando el Rey,
el Emperador y el Papa.
Algunas noches, el taller era atravesado por una
vaga e inquietante melodía, a veces alegre y a veces triste, que parecía salir
de ningún sitio. Una madrugada de luna nueva, el lutier tuvo la certeza de que
era Stravagantius el que sonaba solo, encerrado en su armario.
Con mano temblorosa, el lutier soltó uno a uno los siete cerrojos. Cuando al fin abrió la puerta de roble, en lugar del violín encontró una bolsa llena de monedas de oro sobre la cual dormía un gato recién nacido.
Arcadio Stravidarius no volvió a fabricar violines. Su
salud declinó rápidamente, y dejó el taller en manos de su hijo Macario.
El gran lutier se retiró a una casita en el campo
con la única compañía del gato, que era negro como el misterio y recibió el
nombre de Mago, aunque nunca hizo nada fuera de lo común.
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| hice este dibujo cuanto todavía no había publicado el libro... y que está inédita |





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