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una de las novelas de Blyton que leí en los 60 |
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uno de los héroes de mi primera novelita (1967) |
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tapa del manuscrito de mi primera novela |
Los cuentos del mago y el mago del cuento es el libro donde Joel Franz Rosell aprendió a escribir... Un espacio para explicar y compartir mis cuentos y los libros que los recogen. Entre otras cosas.
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una de las novelas de Blyton que leí en los 60 |
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uno de los héroes de mi primera novelita (1967) |
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tapa del manuscrito de mi primera novela |
Lo que justifica los tres puntos impugnados es, a mi ver:
1) Ser un divertimento, una historia humorística y fantástica en torno a las características y acciones de “la bruja más fea, mala y tramposa del mundo”. Para los autores de cierta literatura esteticista y didáctica muy premiada y encomiada en Cuba, no abordar temas “serios”, patrióticos y educativos, con un lenguaje “poético” era (y es, me temo) carecer de valores literarios.
2) 2) Emplear algunos elementos escatológicos en la descripción de la vida, gustos y valores de las brujas; presentados -con exageración humorística- como lo contrario de los humanos normales… algo que, está largamente demostrado, divierte mucho a los niños y les permite escapar de la normativa de “buenas costumbres” que se les impone en su vida cotidiana.
3) 3)De la protagonista, Porfidia Xenobia Marieka, bruja municipal de La Habana Vieja, se dice:
“Como la naturaleza de
una bruja hala mucho, la nuestra se fue al lugar más lúgubre que pudo encontrar
en La Habana: un ruinoso caserón del siglo XVIII lleno de rincones mugrientos,
donde las escaleras crujían, todos los días le caía una teja en la cabeza a un
vecino, y pululaban las cucarachas, las arañas y las ratas sarnosas.
Nuestra bruja vivía, pues,
en La Habana Vieja. Para más señas en la calle más siniestra de La Habana
Vieja, en su caserón más asqueroso y achacoso…”
Para quienes viven
negando la realidad, ofreciendo de Cuba una imagen edulcorada y forzadamente
positiva, afirmar que el casco histórico de su capital sufre suciedad y
abandono en alguno de sus rincones, era dar una imagen negativa, algo
imperdonable, ¿digno de un enemigo de la patria, eventual agente de la CIA…?
Como en realidad amo la capital cubana, donde viví varios años y visito regularmente, en la versión definitiva de la novela (2001), relativicé mi descripción diciendo que se trataba de “la única calle verdaderamente siniestra de La Habana Vieja”... aunque hoy amplios sectores de La Habana (y no solo la "vieja") están en un estado mil veces peor de lo que dije. Que la realidad supere mil veces mi ficción no ha de calmar en nada la ira de algunos y es probablemente el principal motivo el cual que mi novela sigue, pese a haberla propuesto a dos editoriales nacionales, inédita en Cuba.
A continuación va el libro imputado: son fotos, no escáneres. Agradezco dispensen cualquier defecto que pueda presentar su difusión en este medio.
En lo alto de nuestro edificio viven un músico y su mujer.
Todas las mañanas, cuando la mujer saca el auto para irse al trabajo, el músico se asoma al balcón y toca el clarinete.
Tocar el clarinete es difícil cantidad, pero de la forma en que él lo hace es más difícil todavía. Como su esposa está cinco pisos más abajo, el músico toca las notas cerradas para que caigan por su propio peso y solo se abran al chocar con el suelo, esparciendo la música alrededor de ella.
La mujer del músico debe trabajar en un lugar muy importante porque siempre la veo con prisa; nunca espera hasta la última nota, cierra la puerta del auto y se va a toda velocidad, conduciendo con una mano y diciendo adiós con la otra.
El músico solo para de tocar cuando el vehículo se pierde tras los árboles de la plaza, y siempre queda un puñado de notas enteras en el suelo.
El conserje, que barre la acera todas las mañanas, las reúne con su escoba y las tira a la basura. Mientras tanto, la presidenta del consejo de vecinos llama al músico para recordarle la Ordenanza Municipal Número Tal, que prohibe lanzar desperdicios a la vía pública.
Ni la presidenta del consejo de vecinos ni el conserje comprenden nada.
Yo, al principio, tampoco comprendía.
¿Sabes? El balcón de mi apartamento queda exactamente debajo del balcón del músico y una nota más que otra viene a caer entre mis macetas. Yo no me molestaba por eso y todas las mañanas, al regar mis flores olorosas y multicolores, recogía las notas sobrantes y arrancaba las maticas sin color ni olor que crecían aquí y allá.
Pero el verano pasado, a la vuelta de las vacaciones, no encontré ninguna nota extraviada y en cambio hallé las famosas maticas crecidas y llenas de flores, aunque siempre sin color ni olor.
Al primer golpe de brisa lo entendí todo: ¡mi balcón se llenó de música!
Un músico enamorado es primero enamorado y después músico.
Y todos los enamorados arrojan flores a sus enamoradas.
Díganme si miento.
Con el título de "Historia musical" estrené este cuento, en su traducción al portugués por Laura Sandroni, en "Era uma vez um joven mago" (Editora Moderna. São Paulo, 1991) y en la versión definitiva de ese, mi tercer libro publicado: "Los cuentos del mago y el mago del cuento" (Ediciones de la Torre. Madrid, 1995).
LA NIÑA DEL MAR
A Josefa Hernández Azaret
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ilustración del autor. Inédita. |
Había una vez una niña y había una vez una
caracola. La niña vivía en la caracola y la caracola estaba en el mar.
En el mar entre los peces, los corales y
el plancton. En un campo llano y blanco de arena fina, donde ondulaban las
esponjas, las anémonas y los hipocampos; esos caballitos de piedra mojada, sin
cascos ni relincho.
La niña de la caracola vivía en el mar y lo quería
mucho; tanto como el mar la quería a ella.
Por eso cada amanecer iban todos a darle
los buenos días: los bichitos del plancton, que se filtraban gozosos por la
rejilla de los abanicos de mar, los grandes peces impresionantes y hasta esos
vegetales movedizos llamados algas.
"Glub, glub, glub", saludaban
los peces.
"Grej, grej", los cangrejos.
"Hip", los hipocampos.
Y los mil bichitos del plancton, que
juntos no alcanzaban a formar una boca con la cual decir: “¡Hola! ¿Qué tal?”,
pasaban simplemente, con suavidad de sonrisa.
Para todos tenía la niña una frase amable,
una burbuja cristalina o una caricia leve como las olas en los fondos.
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ilustración de Carolina Farías Sopa de sol. Tinta Fresca, 2011 |
Sólo un habitante tiene el mar que no ha
sido saludado nunca por su niña: el sábalo amargo y hostil, que como piensa mal
del mundo entero, odia con los pinchos de sus doscientas espinas a la gente
buena.
El sábalo ansiaba destruir a la niña del
mar, pero como temía a sus muchos amigos, decidió mandar al pulpo avaricioso,
que disimulaba con el atolondramiento de sus ocho brazos la hipocresía de una
boca negra.
Y una tarde lo fue a ver.
-Buenas, pulpo.
-¡Hola, paisano! ¿Qué le trae por aquí?
-Nada... Pasaba y me dije: ¿Ya sabrá mi
amigo el pulpo lo del tesoro de la niña del mar?
"¡¿Un tesoro?!", pensó el pulpo
y dijo con fingida indiferencia:
-No, vecino, nada sé.
-Es una perla.
"¡Una perla!", pensó el pulpo y
volvió a responder, aparentando desinterés:
-Chismes, mi amigo; la de la niña no es
caracola perlera.
A la mañana siguiente, sin embargo, el
pulpo hizo lo que esperaba el sábalo astuto y amargo: fue al campo de arena
fina y se puso a chacharear.
Al principio, la niña sólo se asomó un
poquito. Sus amigos, que ya se habían ido al trabajo, decían que el pulpo no
era de fiar. Pero lo vio tan simpático y amable que acabó pensando que los
otros conocían mal al ocho brazos.
Confiada, levantó la tapa de la caracola
que era su casa y el pulpo se lanzó, con todos sus tentáculos, a robar el
tesoro de la niña del mar.
En el campo de arena fina no había nadie
para verlo y nadie ha podido contarlo. Pero aunque se lo describieran con
detalles, aunque lo hubiera visto con sus chicos ojos, el sábalo no entendería.
Por eso sigue hostil y amargo, solitario con sus espinas, sin explicarse cómo
es que el pulpo ya no es avaricioso y fingidor, sin comprender porqué el ocho
brazos, que ya sabe que no hay perla ninguna, va a saludar cada mañana a la
niña, como el mejor de los acuáticos, antes de irse al trabajo.
El sábalo hostil y amargo no acaba de
entender que el pulpo sí encontró un tesoro en la caracola de la niña. Un
tesoro de bondad que los que tienen los ojos chicos y el alma cargada de
espinas no saben ver.
Tomado de: Sopa de sol y otros cuentos de la
imaginación. Tinta
fresca. Buenos
Aires, 2011
La primera versión de
este cuento data de 1984, cuando fue estrenado en el periódico provincial
Sierra Maestra (Santiago de Cuba) y reapareció unos meses después en la revista
nacional Mujeres (La Habana, Cuba). En 1987 lo incluí en el folleto Juegos
de la imaginación, publicado por la Dirección de Educación y Cultura
del Guayas (Ecuador).
COLORIN COLORADO, ESTE CUENTO...
El reino gris se extendía al
oeste de unas montañas tras las cuales
nacía cada día un sol de plata. Desde el cielo gris claro, ese sol iluminaba la
tierra color de plomo en la cual crecían árboles cuyos troncos, hojas y flores
lucían solo matices cenicientos. El reino acababa en un mar que parecía de
mercurio hasta por el color de su espuma.
Se diría un país salido de un viejo filme en blanco y
negro. Solo que negro, verdaderamente negro, era todo durante la noche, y blanco,
verdaderamente blanco, solo era la nada, que incluso en este país excepcional
es invisible.
El reino no era gris
solo por fuera, también lo era por dentro: el canto de los pájaros y el
vuelo de las mariposas eran grises, y grises también las personas, desde el
llanto hasta la risa.
Para estudiar la grisura del reino había cada año un
congreso de sabios. Los sabios se dividían en dos grupos: los Interioristas, que culpaban a las
personas por la situación del país y los
Exterioristas, que responsabilizaban al medio por el espíritu sombrío de sus
habitantes. Los Interioristas
acababan reprochando a los Exterioristas
su "obtuso materialismo" y éstos terminaban por criticar en los
otros su "idealismo ciego".
Cada vez, en la clausura del congreso, los sabios acordaban reunirse el año
próximo y celebraban ese único acuerdo bebiendo vinos, dulces o secos, de
excelente uva grisásea.
El reino gris tenía, claro, su soberano: un rey que se
decía descendiente de la Cenicienta, usaba una corona de aluminio adornada con
perlas y bolitas de ámbar gris, y dedicaba todas las mañanas a cazar zorros
plateados.
Sin embargo, las cosas cambiaron cuando, procedente de
las montañas donde nacía el sol, llegó un Príncipe Azul.
El descubrimiento de su color fue un acontecimiento tan
extraordinario que el pueblo lo aclamó como nuevo mandatario.
El Rey Gris, en lugar de irse de cacería como todas las
mañanas, corrió a la embajada del Polo Norte y pidió asilo político.
En su primer decreto, el Príncipe Azul declaró:
el azul no es privilegio real sino derecho de todos los ciudadanos.
Y con eso implantó la República Azul.
En la nueva república todo era alegría y agitación.
Había que pintarlo todo de azul: de las piedras a las estrellas,
como estaba escrito en el nuevo escudo de la nación.
Trabajaron durante diez años, pero lo consiguieron: el
cielo quedó azul celeste y el mar azul marino. Los pájaros, las flores y los
insectos eran azul turquí, azul campánula y azul añil; las monedas, azul
metálico y los uniformes de los soldados, azul de Prusia.
Pasaron diez años.
El sol (de un azul luminoso), el viento (de un azul
invisible) y la lluvia (con sus gotas azul lavanda), fueron gastando los
matices del único color de la república, que terminó por no ser otro que azul
tristeza.
Comenzaron las discordancias, los rumores y las
críticas. Pero los insatisfechos fueron silenciados por los más viejos.
"Lo que pasa es que ustedes no saben como era de gris la vida en nuestra tierra", dijeron.
Diez años después, lo único que podía contener el descontento
era la clara advertencia del Presidente:
¡nada podra derrotar la indudable belleza del azul!
Desde entonces, los inconformes se conformaron con mirar
hacia las montañas que azuleaban en la distancia, con la esperanza de un cambio
de color.
Pasaron cinco años más.
Y una mañana, parecida a cualquier otra, un niño jugó a
que el sol era amarillo, y una vieja contó que había tenido un sueño morado, y
una muchacha deseó un vestido rosa y un poeta escribió un largo poema de versos
verdes y escarlatas, y...
colorin colorado, este cuento esta empezado...
Escrito en La Habana, 1989 y publicado en Era uma vez um joven mago. Editora Moderna. São Paulo, 1991 (traducción al portugués de Laura Sandroni) y Los cuentos del mago y el mago del cuento. Ediciones de la Torre. Madrid, 1995/2001)
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